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“Vos porque no tenés hijos”

Cuerpo & Alma
“Vos porque no tenés hijos”

Cuando te cuentan la maternidad como una tortura y visualizas un futuro de hijos únicos, ¿qué hacés si todavía no fuiste mamá?

Diciembre 28, 2016

 

 

Cuando leí la columna de Majo, enseguida pensé “este sería un buen texto para terminar el año”.  Coincidí en cada una de sus palabras, que me recordaron aquella canción de Vicentico  (Morir A Tu Lado, 2010) cuando dice: “Vas a darte cuenta que todo era mentira, que éramos reyes haciendo de esclavos”. 

Y es que, desde mi interpretación, en el texto tan honesto de Majo, subyace una invitación, o varias… A reajustar tuercas; a ordenar prioridades; a dejar de correr detrás de sinsentidos; a dejar tantos miedos y abrazar la vida como viene, con sus ritmos y sus etapas; a agradecer cada nuevo día el despertar y poder abrir los ojos; y a hacernos cargo de nuestras elecciones, con menos quejas y más alegría. 

Una columna sobre la maternidad sí. Pero sobre todo sobre sabernos dueños de nosotros mismos (… o “reyes”, como  diría Vicentico).  Ojalá disfruten de su lectura tanto como nosotros. 

Y feliz año nuevo para todos. 

Martina Pérez 

 

Por María José Borges

No soy madre. Pero deseo serlo. Pero aún no lo soy. Y esa condición parece impedirme opinar sobre cualquier tema relativo a la maternidad, la paternidad, el futuro y hasta las elecciones en Estados Unidos si se quiere. “Vos no podés opinar porque no tenés hijos”. Eso se escucha y se siente internamente, las notas son escritas por madres y las que no formamos parte de ese grupo, usamos una mordaza invisible; la autocensura se activa en cada reunión en la que sentimos una opinión palpitando. Porque no tenemos esa credencial, porque no se gestiona en la Ciudad Vieja.

Vivo y reflexiono cotidianamente sobre la maternidad y las inquietudes de mi generación. Recuerdo hacerme preguntas existenciales ya cuando tenía 8 años, mirando la calle desde la ventana de mi apartamento, pero creo que las reflexiones sobre la maternidad son un ejercicio que incorporé en el momento de mi vida en que estaba decidiendo si quería ser madre o no. Me sentía en el clímax de una pareja madura y me tomé seriamente esa decisión, dudándolo, masticándolo casi diariamente. Hasta resolver que sí, que lo quería y que estaba dispuesta a enfrentar lo que viniera. Finalmente no sucedió, pero esa es otra historia.

Lo que quiero decir es que respeto mucho a quienes deciden no tener hijos, me parecen más responsables que egoístas. Creo firmemente que no todos estamos preparados para ser padres y que debería ser una decisión pensada y hasta evaluada por terceros, pero eso mejor lo conversamos otro día.

Hoy ya no me hago tantas preguntas, siento esa voluntad desde el alma, pero sigo observando lo que ocurre a mis costados en busca de respuestas y hasta de las claves para ser feliz en familia (o para no ser tan infeliz) cuando me toque. Me he preguntado mucho sobre los efectos de los hijos en la pareja, sobre cómo hacer para conservar espacios o momentos sagrados, cómo se logra el equilibrio entre una vida profesional satisfactoria y una vida familiar saludable, y cómo se puede sentir bienestar físico y espiritual si todo se transforma en culpa, sueño y malas posturas. ¿De dónde saco esas imágenes? De lo que los padres me cuentan diariamente, minuto a minuto, tragedia a tragedia, queja a queja. O de lo que leo gracias a la moda de la maternidad literaria y extremadamente honesta. Lo que ya no hacen, lo que ya no duermen, ni piensan, ni consumen y, mucho peor, lo que ya no disfrutan.

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  “¿De dónde saco esas imágenes? De lo que los padres me cuentan diariamente, minuto a minuto, tragedia a tragedia, queja a queja. (…). Lo que ya no hacen, lo que ya no duermen, ni piensan, ni consumen y, mucho peor, lo que ya no disfrutan”

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Me pregunto qué pasaba con nuestros padres cuando nosotros éramos niños. Si sentían lo mismo y no lo decían, o si no lo vivían de esa manera. Tal vez venían con el chip del Sacrificio Por Un Bien Mayor instalado y no se cuestionaban su desinstalación. O es que los que cambiaron fueron los propios niños, con su hiper-estimulación y su código de Unicef bajo el brazo. Recuerdo a la hija de una amiga llorando porque no quería ir a vacunarse al grito de “¡los niños tenemos derechos!”. Insuperable.

Tengo 35 años y como no-madre hay algo que sí puedo decirles a quienes fueron padres: que muchos de los cambios que sufrieron en sus vidas y de los que se quejan constantemente no ocurrieron solamente porque tuvieron hijos, sino porque envejecieron. Los años traen cambios físicos y emocionales, que hacen que necesites otras rutinas para ser feliz. Con 35 y sin hijos, soy muy libre en mi agenda social, pero hay cosas que yo tampoco hago más, aunque fantasee con hacerlas. Tener tiempo para ver una película tirada en el sillón de mi casa un viernes de noche también es una imagen añorada para mí, que no siempre puedo llevar a cabo.

La necesidad de escribir esto me surgió después de una nueva reunión social en la que escuché hablar a dos mujeres en estado de desesperación. Tenían un hijo cada una y debatían sobre los cambios negativos que les había ocasionado la maternidad, por lo que estaban casi decididas a que sus hijos no tendrían hermanos, porque no soportaban la idea de lidiar con otro niño en casa. “Yo tuve hermanos, entonces me encantaría que mi hija tenga hermanos, pero no puedo pensarlo”, decía una de las madres. “Ay pero nosotras somos de otra generación, ya está, no podemos tener otro hijo y listo, no te preocupes más”, concluyó la otra. Sus maridos, con los que no disimulaban una relación tirante, estaban juntos más cerca de la parrilla, tal vez haciendo catarsis sobre sus roles también. Mientras tanto yo, sentada frente a las papas chips y los refrescos, comenzaba a imaginar el Uruguay del futuro, un país de hijos únicos, que no conocerán nunca el impulso y el freno que significa un hermano, que habrán crecido siendo reyes exclusivos de una casa (o sea, un mundo) que tendió a sobreprotegerlos.

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  “… Muchos de los cambios que sufrieron en sus vidas y de los que se quejan constantemente no ocurrieron solamente porque tuvieron hijos, sino porque envejecieron”

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Sé que no depende sólo de la voluntad o el amor, también pesa lo económico (he escuchado cálculos sobre si conviene tener un hijo único que pueda ir al colegio de tradición familiar o tener dos hijos que vayan a un liceo simplemente bueno) o suceden los divorcios o la edad de la mujer no permite una segunda oportunidad.

Aparte de observar a los desconocidos, miro la felicidad e infelicidad de mis amigas madres, mis pares, aquellas con las que comparto mi sentir en tantas otras cuestiones fundamentales. Escucho sus quejas y sus postergaciones. Me generan angustia y miedo. ¿Cómo puedo creer que es posible una maternidad feliz? ¿Cómo puedo creer que lo voy a poder sentir diferente si me siento igual de vulnerable que ellas en tantos otros aspectos? Las respeto como mujeres inteligentes, poderosas, y en esas charlas paso por varios estados. Por un rato tiendo a creer que podré hacerlo diferente. Pero más tarde creo que me va a pasar exactamente lo mismo. “Los padres le hacen mala prensa a la paternidad, no los escuches”, me dijo una amigo hace un tiempo. Lo intento, pero no lo logro. Y no hablo de situaciones extremas como las de mi amiga Ximena, que tiene mellizos de dos años y una beba de tres meses, porque cuando lloran todos a la vez -en una suerte de Dolby Surround de gritos- yo misma mandaría su nombre al Vaticano para gestionarle la canonización.

 

 

Hasta hace pocos dias estuvo en cartel la película Los Modernos, que es una buena fotografía de esta época, por lo menos de este Montevideo y de una generación de jóvenes con un perfil muy definido: universitarios con inquietudes artísticas y dilemas existenciales, que buscan su libertad personal a cualquier precio. Sé que escribo desde ese lugar. Sé que me pregunto desde esa individualidad. Porque todavía hay mandatos sociales que se cumplen perfectamente en algunos círculos, desde las casas llenas de niños con rulos de publicidad hasta el extremo opuesto de zonas en que los embarazos se suceden sin información, donde un hijo es la única riqueza a la que se puede aspirar.

Mi preocupación es el terreno intermedio. La juventud de la clase media tan típicamente uruguaya, que tiene como inquilina a la duda constante. La inconformidad de los padres, las incertidumbres de los hijos, la soledad de un niño que parece haber sido concebido como un must de revista, para probar qué se sentía ser madre o para tachar otro renglón en la wish list y pasar a la siguiente aspiración (la elección de los anglicismos no es casualidad).

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  “Veo a mi generación pensando sus hijos como hechos aislados, más que como familia (eso que llevaba décadas construir). Porque no nos hacen felices los procesos. Porque no estamos configurados para el sacrificio”

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Veo a mi generación pensando sus hijos como hechos aislados, más que como familia (eso que llevaba décadas construir). Porque no nos hacen felices los procesos. Tal vez por lo mismo que con veinte años aspiramos a cargos gerenciales. Porque no estamos configurados para el sacrificio. Y porque las relaciones a largo plazo están cambiando de paradigma (sea en el amor o en las empresas). Porque todo es inmediato en la era Wi-Fi, pero no hay aplicación que nos haga duradera la gratificación.

Pero éstos son sólo cuestionamientos atrevidos puestos en una pantalla para exorcizar miedos. Los míos y los de quien pueda leer esto y compartir mi sentir. Porque ya saben, yo no tuve hijos, todavía no puedo opinar.

 

 

 

 

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Acerca del autor

Me llamo Dolores de Arteaga y soy del 70. Amo la vida, con sus dulzuras y sus sinsabores, con mi pasado y mi presente. Tengo un largo camino recorrido como mujer y como ser humano, con todo lo que estas palabras implican. Fui niña y adolescente. Soy hija y madre, mujer de mi marido y amiga. ¿Mi marido? Mi pilar, el compañero que elegí desde que lo conocí, que nunca me cortó las alas para volar. ¿Mis hijos? Son lo más importante y fuerte que me pasó desde que nací. ¿Mis amigas? Son del alma, fueron mi propia elección, son mi otro yo, ven la vida con mis mismos lentes. sobremi Fui maestra, dueña de una tienda de segunda mano y ahora soy bloggera. Siempre digo que mis ciclos duran diez años; me gustan los cambios, reinventarme cada tanto. Me parece que las mutaciones forman parte del movimiento y de la riqueza de la vida. A partir de los 40 sentí que estaba empezando la otra mitad de mi existencia y se me despertaron gustos e intereses que quizás estaban dormidos. Me siento más entusiasta ahora que a los 20. Se preguntarán “¿qué se le dio por hacer un blog?”. Tengo intereses de todo tipo. Considero que leer es uno de los placeres de la vida, que el arte nos estimula los sentidos y que viajar nos enriquece el intelecto y el alma. Siempre me gustó descubrir la otra cara de las ciudades, hacer hallazgos donde no es fácil identificar a primera vista, descubrir y redescubrir lugares, conocer a la gente, estudiar la naturaleza humana en sus diferentes realidades, hurgar un libro hasta el cansancio, improvisar críticas de cine de lo más personales con amigas, salirme del clásico circuito pautado por unos pocos y estar pendiente de qué se puede hacer acá, allá o donde fuere. Pero sobre todo, me gusta reírme, y si es a carcajadas, mejor todavía. También soy una máquina de registrar datos. Siento un disfrute especial cuando lo hago. Mis amigas me llaman las “páginas amarillas”. Y hasta acá llegué para no aburrirlos hablándoles de mi. ¡Entren a descubrir el blog! ¡Para mí es un verdadero disfrute hacerlo!

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